jueves, 29 de septiembre de 2011

La foto verde

Lo conmovedor que resulta encontrarte con unos globos desinflados que alguien olvidó luego de una fiesta trasnochada e insomne y que ni siquiera sabés si existió cuando los amigos ya no están cuando hay que ordenar lo que quedó tirar los restos acomodás la casa lavás los platos cuando el gato ya duerme de nuevo en su sillón preferido cuando lo que queda es sólo una semisonrisa es entonces cuando salís de la casa hace frío pero te gusta y tomás la fotografía que pensás será definitiva es toda verde con un poco de marrón y negro volvés a la cocina ponés el agua hacés un té y sacás un pan gordo lo untás con mermelada de naranja para comenzar otro día ella se fue.

Incompleto

lunes, 26 de septiembre de 2011

El día más feliz de nuestras vidas

Llegó cansado. El ajetreo de la cotidianidad, las eternas obligaciones por cumplir, habían terminado por ese día.
Dejó a un lado las llaves, sus lápices, los libros que leía simultáneamente. Se desnudó, y su ropa quedó amontonada formando una pequeña montaña, signo de un pasado aún vivo, pero que pronto sería olvidado. Entró a bañarse.

Ella sólo lo miraba, fumando. Lo esperaba desde hacía rato. Luego de que él saliera del baño, ella comenzó a acariciarle la espalda, justo en los sitios donde aún quedaban gotitas de agua sin secar. Mientras se actualizaban el uno al otro sobre cómo había transcurrido el día, comenzaron a besarse, suave y largamente.

Su aliento a pastillas de limón -el de él- se mezclaba con el sabor a tabaco y ron de ella.
No había ninguna prisa. Los paisajes familiares de ambos cuerpos fueron nuevamente recorridos, explorados. Pero había algo -en el aire, entre ellos- diferente, nuevo, desconocido, atractivo. (¿Era la piel de ella, eran los ojos de él? No lo sabían. No importaba). Parecían dos amantes nuevos, eso los excitaba más, aunque hacía ya un tiempo largo que nada estaba prohibido para ellos.

El la volteó boca abajo, con extrema suavidad, ella lo dejó hacer; dejó que se recostara sobre su cuerpo, lo cual la hizo suspirar, dejó que le mordiera la oreja, que le susurrara palabras dulces, que bajara por su espalda, dejó que le besara su cola aún firme, perfecta, blanca.
Dejó finalmente que entrara en ella, y eso le provocó un orgasmo inmediato, corto y silencioso, nunca antes sentido así, con esa intensidad. Amaba a ese hombre.
Prácticamente ni se movían, el ritmo acompasado de sus respiraciones marcaba los tiempo del sexo, para nada urgente, para siempre de ellos y sólo de ellos, alejados de cualquier rutina.
-Quiero verte- Pidió ella. Se dio vuelta.
Sus ojos de miel eran de tal belleza que lo mareaban, sus bocas volvieron a encontrarse como hacía tiempo no lo hacían, ella abrió sus piernas, él entró ahora con un poco más de vehemencia, amándola y perdiéndose, ella pidiéndole, exigiéndole que no saliera, ella clavando sus uñas en la espalda de él, ella sonriéndole, cojiéndolo con los ojos ahora pequeños y perversos, él con su sexo duro, húmedo, arma y ofrenda, él besando y mordiendo sus pechos, revolcándose los dos en un mar de sábanas y ropa de ella, nudo de géneros y nudo de cuerpos y nudo de olores, ella como un reptil enroscada en el cuerpo sudoroso y noble y marrón del hombre deseado, ella serpiente, lagarto, camaleón, adoptando sus formas y sus colores, ya eran una sola cosa, un solo cuerpo, él sentía que iba a comerla de a poco, ella quería eso y nada mejor que eso, le dijo al oído.

Sin separarse, él se incorporó y la llevó en brazos contra la pared, podían verse en el espejo del dormitorio, se dieron cuenta de que a lo mejor algún vecino los espiaría porque las ventanas estaban abiertas, se rieron, un viento seco caliente y oscuro soplaba con violencia.

Ella acabó de nuevo, sentada y sostenida por él, su espalda en la pared, ahora gimió, le dijo cuánto lo amaba, le pidió más, cayeron de nuevo sobre la cama, él siempre encima, y cuando ella volvió a abrir los ojos luego del orgasmo, pudo verlo mientras se contraía y la llenaba, con un alarido primitivo, cavernario, puro instinto animal, bestia macho entregado, rendido, liberado al fin.

El día más feliz de mi vida, pensaron.

Al cabo de unos momentos, ella se levantó.
-Tengo que irme-, le dijo. -El vuelve esta noche-.
Fue sola hasta la puerta, salió e inmediatamente subió a su auto. Las calles estaban desiertas. El viento seguía soplando, levantando polvo, haciendo volar las últimas hojas del otoño que se iba. Primera, segunda, tercera velocidad...
El se dirigió aún desnudo hacia el armario que nunca abría. 80, 90, 100 kilómetros por hora. Parecía que flotaba sobre la avenida. Las luces eran una larga línea entre amarilla y verdosa. Sacó lo que estaba buscando, se sentó al pie de la cama, suspiró. Se acordó de cuando era chico, de la maestra de tercer grado, de las tardes en su pueblo, de su bicicleta verde. 120, 130...el suave zumbido del auto le hacía pensar en sus hijos, en su mejor amiga, en los sábados de cine con pochoclos y cocacola, doble programa de aventuras. Se puso el revólver bajo el mentón. No sintió frío. 140...Las risas de sus compañeros, el día en que se conocieron... en ella. En él.

Cerraron los ojos.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Casilla yahoo

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Viernes de primavera

Gris plomo frío no ruidos no gente no luces encendidas no salgo no hablo miro por la ventana mientras escribo el paisaje es el de siempre mentira no es verdad el paisaje es otro parece el de otro tiempo no sé si pasado o futuro o algo paralelo que divide en dos al espacio yo puedo verlos a los dos simultáneamente uno es verde el otro es azul a veces rojo yo navego fluyo entre ellos dulce dulce líquido amniótico placenta que me recibe y luego me expulsa contracciones expansiones adentro afuera así es.

Gris plomo frío el cielo también está callado me acuerdo estaba sentado en el pasto en el centro mismo todo estático detenido ahora también.

Gris plomo frío de viernes de septiembre siempre con p en el medio me recibe me acuna me despide me dice adiós tengo que irme yo en cambio me quedo tengo que llamarla tengo que decirle que la extraño que la necesito que necesito que escuche lo que tengo para decirle pero no sé si ella estará ocupada o querrá atenderme o ya salió o se fue o duerme o está con alguien hombre o mujer a él o a ella sí los escuchará seguro que ella sentada al borde y él o ella acostados horizontales idos mirando al techo tal vez llorando de vez en cuando así es yo acá seco como el día de septiembre que ya se va gris plomo frío no ruidos no gente no luces encendidas tengo que llamarla ahora.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Septiembre

Tres minutos antes de que sonara el reloj despertador, ella se levantó, de un solo movimiento; el detalle de la alarma, puesta siempre a la misma hora, cada día, claramente era sólo una manía para ella. Una manera de acomodarse a los esquemas rutinarios impuestos no sabía bien por quién.

No encendió la luz, la penumbra de la habitación le bastaba para cambiarse, despacio, en silencio. Su lado de la cama (el izquierdo) permanecía tibio y parecía extrañarla ya.

Como todos los días a la misma hora, apenas sonó el reloj, él abrió los ojos, y con rapidísimos reflejos estiró el brazo, lo apagó, dio una vuelta más sobre su lado de su cama (el derecho), y se levantó. El click de la luz al encenderse lo despertó por completo. Se vistió despacio y en silencio. Le encantaba esta ceremonia.

Por supuesto, café caliente, solo, en su taza preferida -la amarilla-, en su sillón preferido -el incómodo-, el que la obligaba a recoger las piernas, a apuntar el cuerpo hacia la ventana por donde veía despertar a la ciudad.
Desde hacía un tiempo ella comenzaba sus días así, siempre con una nueva canción, un mundo que había descubierto un poco tarde (a sus treinta y pico), un mundo abstracto en cuanto a estímulos, concreto en cuanto a sensaciones. Sonaba una vieja canción de Peter Hammill ..."be my child, be my lover"... y, aunque ella no entendía lo que decía la letra, no importaba. Le gustaba, le hacía bien.

El, café caliente, solo, en su taza preferida, la que tenía en sus bordes las marcas del tiempo. No había pronunciado palabra alguna desde que se había despertado.
Sentado en el sillón de la casa que le daba la mayor comodidad posible (él era bastante largo), cambió la música que sonaba. Para él, hoy era día de Los Planetas, necesitaba algo que le levantara el ánimo. David y Claudia..."puedo hacer una esfera"...

Ella salió como siempre, como cada día, como un relámpago. Le gustaba dejar su casa atrás, y si a veces se olvidaba de algo, no regresaba a buscarlo. "Por algo será que lo dejé", se decía a sí misma. Su casa era como un amante, que siempre la esperaba a la hora de su vuelta bien dispuesto y con una sonrisa.

El subió al auto; ruido de llaves, ruido de música, ruido de calle, empezaba su día para con el mundo exterior. "Vamos", dijo en un susurro casi inaudible.

Cuando iba en auto, ella solía sacarse los zapatos, y sus pies descalzos sobre el tablero o sobre el asiento le devolvían el placer de contemplar sus uñas brillantes y rojas o fucsias o violetas, y le recordaban lo lindo que era transitar la vida por otros caminos, que no eran los convencionales. Gozaba realmente siendo una transgresora de casi todas las reglas que conocía, y esto no era algo ingenuo o instintivo, era producto de una decisión muy pensada, y se hacía cargo.

Estacionó en el centro de la ciudad; el sol pegaba fuerte, bien, con energía. Era septiembre.
Comenzó a caminar; deambulaba, se paraba cada tanto a ver las vidrieras de los negocios, fetiches, cosas que le gustaban sólo porque eran lindas, por su diseño, por sus colores; de vez en cuando compraba algo, en casa tenía miles de objetos atesorados, un obsesivo coleccionista de pequeños placeres. A sus treinta y pico, iba construyendo de a poco su refugio, cueva primitiva, como buen neanderthal que era (o se sentía) a veces.

Ella caminaba sin prisas, mirándolo todo; era por esta manía que siempre encontraba algo para llevar a casa, que recibía estos objetos hallados como algo natural, las cosas calzaban como un guante en los sitios que ella elegía, y quedaban perfectas (ella tenía un buen gusto innato para cualquier cosa que tuviera que ver con lo estético).
Le encantaba andar al sol, era septiembre, la mejor época del año; nada malo podía ocurrir. Divagaba, se perdía, entraba a bares, librerías, tiendas de ropas con ofertas de cambio de estación, más bares, más bares. Nunca iba a abandonar el vicio y la tentación de tomar café en su más diversas formas.

Hablaba en lenguas; su conexión con el mundo era total en esos días, una empatía con la gente y las cosas y los edificios y los autos, percepción del cosmos a través de todos los sentidos, la piel se le erizaba de tanto en tanto cuando escuchaba alguna conversación al pasar, o cuando el último viento del mes sacudía suavemente las hojas de los árboles que comenzaban a ser verdes nuevamente.

El llevaba una suerte de registro de las marcas urbanas (las provocadas y las involuntarias): señales, paredes descascaradas, alguna baldosa floja, el verdulero ambulante que gritaba sus ofertas libres de impuestos.
Ella caminaba por esos lugares de un modo totalmente opuesto: ella era las marcas, la baldosa floja, el grito del verdulero.

Eran muy diferentes en ese sentido, él era una esponja que todo lo absorbía, ella una fuente de emanación de energía vital que era atravesada por las cosas y los hechos, y los devolvía, potenciados.

Por otro lado, y en cuanto a apariencias, él era discreto en su vestir, y sutil en sus maneras de moverse, de comunicarse, de hablar (de hecho, pasaba mucho tiempo callado). Por el contrario, ella se vestía con colores llamativos, hablaba con un tono elevado (se le hinchaban a menudo las venas del cuello), de postura firme y con los pelos al viento.

Ambos comían atropelladamente, eso sí.

Los detalles de la siesta son obviados aquí, de encuentros y desencuentros se hablará en otra oportunidad, ya la tarde se iba, ya la gente en las calles apuraba el paso para hacer las últimas compras, para buscar hijos, parejas, amigos, ya la ciudad entraba en una vorágine que no los incluía.

Así pasó ese día de septiembre de 1999 para él, llegó la hora de volver a casa. Tenía una sensación de derrota siempre que llegaba ese momento, el mundo ya no lo necesitaba, el regreso era indefectiblemente en silencio, las llaves a mano, volver, volver, repetir los rituales, preparar la cena (siempre cocinaba de más, no entendía eso de las proporciones), tomar algo, la cama ya lo esperaba, su lado (el derecho) tal como lo había dejado, el otro lado (el izquierdo) tendido, perfecto, frío.

Así pasó ese día de septiembre de 2011 para ella, el regreso rápido, igual que la cena, igual que siempre, con comida que sobraba, con la sensación de que algo no encajaba, de que vivía desfasada en el tiempo, no entendía.
Se acostó, su lado de la cama (el izquierdo), como siempre abierto y solo, el otro lado (el derecho)tendido, perfecto, frío.

El apagó la luz.
Ella también.
Se durmieron.

martes, 20 de septiembre de 2011

Palabras

Caramelo
Territorio
Amor

Positano

Geografías
Indiferencia

Derrota

sábado, 17 de septiembre de 2011

Campo

La conversación telefónica duró poco, pues así había sido siempre; él era parco y, aunque a ella le gustaba hablar, la intermediación de un aparato era una molestia, una suerte de barrera que se interponía entre ellos, un artefacto que hacía su relación un poco más distante aún. Y sobre todo hoy, desde aquel día las cosas ya no eran iguales.

De cualquier manera convinieron en que él la llevaría en su auto rojo pequeño y medio viejo a pasear; en realidad tenían ganas de verse, desde aquel día.
Cerca de las 11 de la mañana ella escuchó el sonido (no por poco frecuente menos familiar) de su auto. Ya estaba lista, no hizo falta que él bajara, ella ya salía vestida con su ropa de campo y sus cigarrillos, sus músicas guardadas en el teléfono (¡ahora tenía mucha más música!), de buen humor a pesar del mal dormir de la noche anterior.

Un beso rápido, breve, una leve caricia en el pelo (de él a ella, de ella a él), partieron. El tenía las manos sobre el volante, ella casi le daba la espalda, miraba el paisaje por la ventanilla; la ciudad se hacía suburbio, los grises se transformaban en verdes, los techos bajos de las casas que ella registraba en un travelling infinito mutaban a espacios abiertos, casi vírgenes.
Ella durmió un poco. No importaba demasiado el rumbo que llevaban. El viaje era como soñar, dormir era otro tipo de viaje – ¿o era parte de lo mismo?-
Ahora todo era amarillo, marrón, anaranjado.

A eso de la una de la tarde llegaron. La finca era grande, casi ni se distinguían los alambrados en el horizonte. La despertaron los ladridos de los perros; uno, dos, cinco; ¿Cuántos eran?
Ya no se acordaba bien, no los veía desde aquel día.
Caminaron por el pasto alto y seco hasta la casa, abrieron todas las ventanas, él cocinó, ella puso la mesa, comieron muy frugalmente, casi no hablaron, porque no hacía falta decir nada. El vino estaba rico, oscuro, espeso, y sirvió para aflojar un poco las tensiones.

-Ey, ¿vamos a darles de comer a los animales? - Le dijo él. Sonrió por primera vez, desde aquel día.
En el proceso, ella lo miraba, muy tranquila, mientras él jugaba con los uno, dos, cinco perros, que ladraban fuerte y saltaban alto, manchando su sueter marrón (del exacto color de la tierra, de esa que era sin duda alguna su tierra, su lugar), llenando sus mangas y su cuello de motitas de pasto, lamiéndolo y frotándose y revolcándose en el suelo, para que él los acariciara mientras ponía tono de mando y les ordenaba –infructuosamente, claro- que se estuvieran quietos. Ella se dio cuenta en ese instante de que iba a querer a ese hombre sin importar lo que había pasado, ni lo que llegara a pasar.
Eso la dejó tranquila, y ahora era ella quien sonreía, por primera vez desde aquel día.

La siesta se iba, ellos y el paisaje se habían fundido en un todo, acostados como estaban el uno junto al otro en el suelo, de cara al cielo, sentían cómo el tiempo se había detenido, y les pertenecía desde siempre y para siempre.
El se levantó y comenzó a andar, uno de los perros al frente, otro atrás. El horizonte polvoriento pero cada vez más cercano lo aguardaba, como a un viejo amigo a quien no veía desde aquel día.

-Esperá, esperame papá- le dijo ella apurando el paso para alcanzarlo.
El se dio vuelta, y le tendió su mano grande.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Todo gira, un círculo al principio pequeño que crece en cada vuelta y vos parado ahí mirás todo simultáneamente es calesita rueda vuelta al mundo bicicleta vos parado ahí círculo cada vez más grande pero vacío por dentro porque lo que pensaste no se dio o no pudiste hacerlo y así vos en el centro parado ahí tratás de agarrarte de algo para no marearte es inútil llegan las náuseas los pies y el estómago fríos helados afuera ellos van vienen van vienen los ves pasar te sonríen no se ríen de vos eso es vos parado ahí sos un imbécil ya pasó lo que tenía que pasar y vos no estuviste vos estabas parado en el centro de ese círculo de mierda te sangran los oídos te sangran los dedos de las manos ahora vos girás y el círculo se detuvo pero es igual la inercia hace que caigas de rodillas es entonces cuando creés que todo acabó el mal sueño fue sólo eso y despertás... con sangre en las manos, estás en el centro de un círculo, vos, parado ahí.

Ella

Inventaba palabras

Sólo para él

Jugaba...

Juega.

El la mira, con ojos torcidos brillosos y marrones.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Inventario

Al día de la fecha,

1154 discos,
472 libros,
35 lápices negros,
7679 negativos,
4 cámaras,
15 camisas,
6 pantalones,
1 reloj.

4 pares de zapatos,
1 taza para el café,
99 revistas de música.

Unos pocos cuadernos,
Una historia,

Y estos 45 años que me han alcanzado.

Al principio

con las mejores de las intenciones te acordás de fechas datos impresiones gestos ideas nimiedades minucias qué linda palabra y de cualquier cosa que te vincule con ese otro ser que te sacude las estructuras después despacito te vas olvidando como si una suave nube de polvo fuera cubriéndote con una sensación de amortiguamiento sopor tus ojos desenfocan entonces esas cosas que eran tan importantes se te van de la cabeza y del corazón sobre todo del corazón cómo era su cara cómo eran sus manos cómo era parece que pasó hace tanto eran los días en los que el sol te acompañaba siempre y si llovía era como la foto esa que viste el otro día la chica se bañaba pero en realidad se lavaba desde adentro y salían miles de gotitas que eran expulsadas para sacarse la mierda de encima y entonces de nuevo el sol y entonces de nuevo ese otro ser que te miraba con cara rara y entonces hablaban del tarro de café que te regalaron o del álbum blanco de los beatles o de las plantas y hablaban también dear prudence won´t you come out to play era lindo porque vos cantabas boludeces y te escuchaban y de casualidad abrías un libro y había otra foto mejor todavía y ahí comenzaba el viaje y tus manos eran seres autónomos que recorrían plácidos paisajes y luego ásperos y luego tus manos avisaban que habían llegado a destino y te jurabas que nunca te ibas a olvidar porque era demasiado placer como para olvidarse pero no no hay caso esto es así no hay vuelta dear prudence won´t you let me see your smile te fuiste es como una foto vieja desvanecida casi gris o amarillenta sí.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Se puso sus jeans holgados

su remera amarilla y naranja sus sandalias gastadas y viejas regalo de alguien a quien ya no recuerda y sale a caminar no se peinó hoy no importa ve gente para a comprar algo esos bizcochitos negros que tanto le gustan gente gente más gente indescifrable cómo le gustan estos bizcochos mmm rico camina pasa por avenidas y casas y autos y árboles torcidos siente el aire que la atraviesa se imagina qué estarán haciendo los demás ella a lo mejor duerme él tal vez esté escribiendo poemas ella fuma ella dibuja en servilletas que luego deja en sitios para que alguien los vea él ya salió.
camina rumbo a la nada o tal vez sea para encontrarse con lo que la complete de una vez se sacude un poco menea la cabeza se dice a sí misma pará un poco se acuerda de una música esa que le mandaron hoy delivery dj ya se olvidó la melodía afuera el mundo sigue cómo era bueno no importa lo que importa es la intención calles atiborradas de cosas que se le escapan él también camina pero por otros paisajes está ensimismado enrollado en cosas que no comprende por qué llegué hasta aquí se pregunta entra en un bar pide un café desde la ventana ve pasar la vida de los otros la de él está ahí detenida suspendida congelada lee vuelve a pensar en alguna respuesta no se le ocurre ninguna termina el café sale rumbo al sur ella entra al mismo bar se sienta en la silla que él dejó tibia pide un café no sabe que él estuvo allí pero algo presiente no entiende el porqué de su piel erizada agarra una servilleta con un dibujo hermoso y erótico se acuerda de anoche con él dobla la servilleta la guarda mejor no la saca y la deja en otra mesa se acuerda de su olor a hombre a niño a hombre de nuevo se acuerda de cómo la llevó hasta donde quiso y la trajo de vuelta y cómo ella se entregó casi sin resistencia llega el mozo con el café ella no se da cuenta de que él la mira raro qué le pasará a esta mujer se pregunta pero se da vuelta a atender a los recién llegados que también la miran parace que ella está flotando a diez centímetros del suelo y tal vez sea verdad sale se asegura antes de que el dibujo esté visible camina rumbo al sur como él pero hoy no habrá encuentro aunque ambos lo deseen ella tuerce a la izquierda llega a la plaza y hay pájaros y nenes jugando se ensucian gritan la miran le sonríen corren y se alejan ella se tira en el pasto sueña despierta lo extraña y él a ella pero él no está en el pasto sino en otro bar pierde el tiempo tiene que trabajar hoy también pero no quiere ir ella fuma y fuma y fuma le encanta se levanta vuelvo a casa piensa y así es vuelve a casa el no quiere ir a trabajar nunca más ella está a dos cuadras para compra otro paquete de puchos él tararea una canción mientras sube por el ascensor recinto extraño y si me quedo atrapado aquí se pregunta ella ya llegó pone las llaves en la cerradura las gira con destreza o será la costumbre siempre le erra con la llave pero hoy no deja sus cosas en el perfecto orden casual de siempre es genial a ella le sale bien escucha un ruido es él que ya estaba allí se miran y comprenden que se han esperado toda la vida se besan y ella le ofrece un café que él acepta es sábado.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Sol

Cortaste el pasto, la enredadera, sacaste las hojas secas de los árboles; lavaste, limpiaste, te sentaste ahí, mirando hacia arriba; hiciste lo que debías, lo que tenías que hacer, y lo que querías hacer. Te tomaste ya dos cafés bien grandes (sin azúcar)en esa taza amarilla jetona, que tanto te gusta. Te habían despertado los pájaros y pensaste que éste sería un buen día. Creíste que te ibas a olvidar. Salió el sol.

Desde el principio tuviste su imagen metida bien adentro de tu cabeza, no te la pudiste sacar con ningún truco, intentaste todo; pensaste en las asquerosidades más repulsivas que se hicieron el uno al otro, en los insoportables días de mierda que pasaron juntos, en las palabras soeces e insultantes que se dijeron, en el desprecio y la mugre que eran capaces de destilar ambos, al mismo tiempo, mecanismos infalibles de destrucción.
Imposible.

Hiciste otro intento.

Pensaste -sí, lo hiciste- en ese día cuando se sentaron juntos en el umbral de la puerta de una vieja casa con árboles y papelitos y mierda de perro y hojas muertas en la vereda, y se besaban... pero el hielo de su indiferencia te comía las tripas y sabías que no había caso, que era inútil pedir o dar algo que se pareciera al amor, eso ya estaba liquidado, inerte, eso estaba fuera de registro, desfasado, era como besar a un otro, a una persona desconocida.

Pero no pudiste olvidarte.

No pudiste, porque en a pesar de toda la mierda, del cansancio, del agobio, de canciones gastadas, de papeles amarillos y amargos, la amás.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cut/Copy/Paste

Uno, dos, tres cafés. El pelo de ella, su bombacha blanca con tiritas de encaje, los pies grandes(con arco), el dolor de muelas, marcas de almohada en la cara, impresiones en blur de la noche anterior, las manos suaves, martes.
Cosas agolpadas en la cabeza, mañana, mañana de nuevo, cut/copy/paste; dos segundos más, un segundo más, ya voy.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Otro domingo


Se repiten los rituales, la música suena desde hace rato, Morrissey Bowie Weller Sylvian, lo de siempre. Todavía no se lavó la cara. Todavía no despertó completamente. Está solo. Su mundo, reducido a un metro cuadrado. Pero vaya si tiene importancia, dichoso metro.

Partituras, libros, discos, brochecitos, accesorios, lápices, escritos, hojas sueltas; fetiches de la vida moderna que lo acompañan desde hace tanto tiempo ya. Le gusta eso.
(Siempre sonríe, medio para adentro, cuando piensa en estas cosas, cuando escribe sobre estas cosas). Obsesiones incontrolables.

Territorio hombre. ¿Dónde se termina uno y dónde empieza el otro? Indisolublemente van, eso que lo identifica es lo que él ha construido casi sin pensarlo, y vaya trampa en la que está metido: demasiado peso, demasiado ahí, demasiado todo, en los días en que nada sirve, nada alcanza, los ojos cansados, mirando lejos, lejos.

De cualquier modo, él es esa geografía, ese hombre-territorio. Aparte, hoy es domingo, y está feliz haciendo lo que más le gusta hacer: soñar con los ojos abiertos, imaginar viajes (Positano es un buen destino), salir sin moverse de su lugar. Escribir zonzeras, rayar hojas en blanco con sus lápices de mina blanda, ver, ver, ver hasta que los ojos se le llenan de pequeñas maravillas cotidianas.


De repente, aparece ella. Territorio mujer. Pelos largos, lacios. Ojos que miran desde bien adentro. Marcas en la piel, (en las manos, en el cuello, en la panza,invisibles para los indiferentes).

-Hola- Le dice con la voz un poco ronca. (Anoche se acostó tarde).
-Hola.

Otro domingo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Ropa


Sacarse la remera, los zapatos, el pantalón, tirar todo a la mierda; estar en bolas al sol, al mundo, a la vida. Echarse desnudo en el balcón, en el jardín, en el patio, en la casa, dejar que el aire pegue y pase y entre sin reservas; esperar la lluvia como si fuera la última, la definitiva (así se confunden las gotas con las lágrimas).
Dejarse ir, mojarse, secarse, mojarse de nuevo. Bañarse diez veces, gritar un poco, callar mucho. Acordarse de los días felices, y de los días de mierda. Sobre todo de los días de mierda.
Cortarse el pelo, afeitarse, arrancarse las cejas, depilarse el pubis, eliminar cualquier vestigio de ese o esa o eso que fuimos, empezar de nuevo.

Definitivamente mandar a la mierda a los indeseables.

Empezar de nuevo; de nuevo; de nuevo.

Ponerse la mejor ropa. Sacársela. Prender fuego a las viejas fotos, y a las nuevas también.
Sentirse un estúpido, darse cuenta de que realmente lo es; reírse. Fuerte.

Fantasear con el escape (en cualquiera de sus infinitas formas). Proponerse metas que a los dos minutos olvidamos. Proponerse otras metas, que a los cuatro minutos olvidamos.

Irse.

Flagelarse de diversas maneras, todas insuficientes.

Respirar.

Inspiro,
Expiro.
Inspiro,
Expiro.

Esto es, esto es, te repiten todo el tiempo. No alcanza. A no ser que...
Te saques la remera, los zapatos, el pantalón...

viernes, 2 de septiembre de 2011

Despertar


En el milisegundo que va de la inconciencia al despertar, pensó en él.

En ese hombre con el que se había topado (ésa era la palabra justa para describir su encuentro); bello, seductor, atractivo, sexual. Pensó en cuánto le gustaba mirarlo mientras él no la veía, en cómo sus caricias le hacían vibrar las fibras del cuerpo que creía dormidas para siempre, en lo bien que se sentía su aliento, suave, sobre ella.

En la centésima de segundo previa a despertar, se acordó de las palabras dichas, de los silencios que compartían abrazados, de la complicidad secreta y divertida.

En último instante antes de entrar en el mundo de los vivos, pensó cuánto lo deseaba; pensó también en qué música le tendría preparada, cómo sería el primer beso del día (sus besos eran hermosos). Se preguntó si esto que le pasaba era real o no.

-Tengo que levantarme-, se dijo. -Un largo día me espera-.

Se olvidó de todo.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tiempos

Tic
Tac
Tic
Tac


¿Qué pasa?